Historia

Ya desde mi adolescencia me gustaba cocinar. Me encantaba ver a mi madre elaborar sus platos, rondar por la cocina e incluso ayudarle de vez en cuando. La verdad es que todavía no logro comprender cómo alguien a quien no le ha gustado nunca cocinar, podía hacerlo tan bien. Sus albóndigas, sus lentejas, sus croquetas (mi hermano era y sigue siendo capaz de comerse 15 o 20 de una tacada)… y su ensaladilla rusa. Aquella ensaladilla rusa que mis amigos y yo devorábamos en la cocina de mi casa los domingos a las 6 de la mañana antes de irnos a dormir después de una noche de juerga. Todavía alguno de ellos se lo recuerda cuando la ven .

Mi padre, por su parte, no cocinaba casi nunca. Las largas jornadas laborales no se lo permitían. Pero como casi todos los padres de la época, tenía una o dos especialidades. En el caso del mío eran las gachas. La imagen de mi padre y yo mano a mano mojando pan en ellas no ha dejado de estar presente desde entonces en mi cabeza.

Años después llegó la independencia, y con ella se despertó mi verdadera afición por lo culinario. La necesidad de tener que cocinar todos los días, algunos de ellos con muchas limitaciones en cuanto a la variedad de alimentos, me obligó a desarrollar la creatividad y la imaginación. Y fue entonces cuando empecé a “utilizar” a mis amig@s como conejillos de indias en diversas comidas y cenas con muchos éxitos y algún que otro fracaso.

Aquellas experiencias me hicieron reflexionar sobre la necesidad de formarme. Así que allá por 2008 decidí participar en cursos de varias escuelas de Madrid, con el fin de ampliar conocimientos y acceder a nuevas técnicas, pero siempre como una actividad de ocio y nunca profesional.

Desde entonces nunca he dejado de hacerlo. Así nace “Aramendi”.